No demos nada por hecho
Sobre Dune y el Oasis Sur. Un ensayo sobre la relación entre el Arrakis de Frank Herbert con la vida árida del sur mendocino.

Frank Herbert publicó Dune en 1965 y se convirtió rápidamente en uno de los grandes clásicos de la ciencia ficción. La historia transcurre en otra línea temporal, dentro de un imperio galáctico de estructura feudal, y tiene como centro a Arrakis, un planeta casi completamente cubierto por el desierto y único lugar donde se encuentra la melange, la sustancia más valiosa del universo.
Hay, sin embargo, algo que suele pasar inadvertido cuando uno se acerca a la novela: Herbert dedica Dune específicamente a quienes llevan su trabajo más allá de las ideas, hacia las realidades materiales, y especialmente a los ecólogos de las tierras áridas. No parece una dedicatoria casual. Dune es, en definitiva, un gigantesco enjambre político en el que tienen lugar la geopolítica, los pueblos sometidos, la religión, las luchas por el poder y hasta un Mesías, pero todo eso ocurre sobre Arrakis y Arrakis tiene dos problemas concretos: el agua escasea y el desierto es la norma. Esa realidad termina condicionándolo todo, desde la economía y la política hasta las costumbres, la tecnología y la propia manera en que sus habitantes entienden la trascendencia. No es que Herbert haya imaginado un mundo sin ideas, ideologías o religiones —todo lo contrario—, sino que ninguna de ellas puede desprenderse completamente de las condiciones materiales en las que tiene que desenvolverse. En esa dedicatoria hay algo de cansancio, quizás, frente a esa vieja ilusión de que la idea correcta, la ideología correcta o la organización correcta pueden resolverlo todo, como si la realidad tuviera la obligación de acomodarse a nuestras construcciones intelectuales. Arrakis recuerda que la realidad material no es universal, sino concreta de cada pueblo.
En este sentido, quizás los habitantes del Sur mendocino hemos perdido con demasiada facilidad la noción de que vivimos en una zona árida, esencialmente desértica. No hace falta ir demasiado lejos para comprobarlo: basta con atravesar los límites del oasis para que el paisaje cambie rápidamente y la vida que tenemos se vuelva inimaginable. Las dunas del Nihuil, la tierra desnuda que aparece hacia el norte, o las extensiones improductivas recuerdan que el oasis no es la condición natural del territorio, sino una excepción construida sobre ella.
Dentro de los límites del oasis, en cambio, el paisaje parece contradecir esa realidad. Hay árboles, viñedos, frutales, canales, acequias y cultivos que llegan hasta el tejido urbano; persisten fincas productivas en plena ciudad y una parte importante de nuestra infraestructura, desde las obras de riego hasta los caminos y las redes de servicios, responde a una forma de ocupación del territorio que no podría existir sin esa transformación previa. Hay una vida económica, urbana y social organizada sobre una condición geográfica que, a fuerza de haber sido modificada durante generaciones, dejó de parecernos excepcional. ¿No será ese, paradójicamente, uno de los mayores éxitos del oasis? No solamente haber conseguido hacer habitable una tierra árida, sino haber conseguido que olvidemos que tuvo que ser transformada tan arduamente para poder habitarla.
El oasis no es obra de la naturaleza. Hubo que fundar un Fuerte, repartir la tierra, dar un orden, conducir el agua, construir canales —muchos de ellos cavados a mano—, mantener acequias, distribuir turnos de riego, crear una estructura jurídica e institucional alrededor de ese recurso, plantar, cultivar, construir caminos y levantar obras descomunales que excedían largamente las posibilidades de una sola generación. También hubo que producir conocimiento técnico, transmitirlo y crear instituciones capaces de sostener en el tiempo una determinada forma de organizar el territorio. Y todavía hoy vivimos rodeados de esas obras sin reparar demasiado en ellas. Ninguna de esas cosas podía resolverse como un asunto estrictamente individual.
El oasis obligaba a organizarse porque el agua, por su naturaleza, no tiene en cuenta nuestra parcela de intereses particulares. Podía haber propietarios distintos, intereses contrapuestos y conflictos (hasta armados) por su uso, pero todos dependían de una obra que necesariamente los excedía. Esto contrasta bastante con la forma en que tendemos a entender la política en nuestras sociedades. Cada vez más acostumbrados a pensar al individuo como unidad básica de la vida social, también tendemos a imaginar la política como un mecanismo destinado a resolver, desde arriba, una suma de problemas particulares: alguien reclama, una autoridad responde; un sector necesita algo, el Estado lo provee; una comunidad tiene un problema, el poder de turno debe solucionarlo.
Por eso, una manera distinta de mirar algunos de los problemas actuales del Sur mendocino consiste en observar qué ocurre cuando esa capacidad colectiva pierde intensidad. Una finca que deja de cultivarse no es solamente una estructura productiva menos, sino una parte del territorio en la que la aridez vuelve a tomar su lugar. Son pequeñas pérdidas del oasis, o, si se quiere, crecimientos del desierto. Y esto no ocurre solamente con las fincas abandonadas. Una acequia con basura, un árbol que deja de regarse, un camino que deja de mantenerse, una vivienda que queda abandonada o incluso una cancha de fútbol que deja de usarse pueden terminar siendo ocupados nuevamente por la tierra seca, el viento y la vegetación propia de la aridez. Al desierto le basta con que dejemos de sostener nuestra polis.
Esto no sucede porque el desierto avance como una neblina sobre nosotros, sino porque aquello que lo mantiene a raya deja de estar en acto. El desierto es una potencia constante. Simplemente hemos conseguido ponerle límites. Y eso cambia bastante la forma de mirar el territorio.
En Arrakis nadie puede darse el lujo de olvidar que se vive en el desierto. Nosotros sí, quizás precisamente porque nuestro oasis ha sido suficientemente exitoso como para ocultar las dificultades que hubo que superar para construirlo y que todavía existen para sostenerlo. Recuperar la conciencia de que el desierto está ahí, tan cerca, puede llevarnos a comprender que el Sur de Mendoza es un territorio producido por decisiones, obras, normas, conocimientos y -sobre todo- instituciones que dan forma a la vida comunitaria, cuya continuidad no está asegurada por el solo paso del tiempo. El desierto, en definitiva, nos obliga a recordar que habitar un territorio también significa hacernos cargo de lo común.



