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Literarias

Coriandrus. Historia de un río

Rodrigo Álvarez Greco escribe sobre un pequeño río que baja de la cordillera y se encuentra con el dique, los canales y las acequias de los hombres. Un cuento sobre los ríos de nuestra tierra.

Había una vez un pequeño río que vivía en las montañas. Era tan angosto y poco profundo que muchos lo hubiesen considerado un simple arroyo. Sea como fuere, el pequeño río vivía feliz entre los suyos: saltarín y alegre, andaba de un lado a otro por entre las rocas y nieves eternas de la cordillera de los Andes. Se llamaba Coriandrus y había salido, no hacía mucho tiempo, de un buen pedazo de hielo, allá en la cima de un pico formidable.

Coriandrus nunca había visto un humano. Los hombres jamás llegan a aquellas alturas: fuera de los ríos y las montañas, es el reino de los cóndores. A nuestro pequeño río le gustaban los cóndores. Cuando alguno aparecía, planeando lentamente allá en las alturas, Coriandrus lo seguía con sus ojos soñadores, yendo y viniendo, decantando, chapoteando, filtrándose entre las grietas y reapareciendo en forma de vertiente, todo como si hubiese tenido alguna posibilidad de alcanzarlo. Esos momentos eran los que más disfrutaba y se le notaba en el suave retintinear que hacían sus pocas aguas entre las piedras.

Un día se encontró con otro río –quizás era un arroyo también, pero más grande–. Era un río joven y fuerte, que bajaba haciendo ruido por detrás de unos cerros.

—Buen día, pequeño —dijo el río grande. —¿Qué andas haciendo por aquí?

—Estaba persiguiendo a un cóndor, señor —respondió Coriandrus. Y añadió, en un arrebato de sinceridad: —Me gustan los cóndores.

El río joven lanzó una risotada, que sonó como una cascada virgen vertiéndose en la lagunita lejana de alguna veguita andina.

—Está muy bien, pequeño. ¿Cómo te llamas?

—Coriandrus.

—Pues te cuento, Coriandrus, que a mí también me gustan los cóndores… pero mucho más me gustan los peces.

—¿Los peces? ¿Qué son los peces? —preguntó el pequeño río, que jamás había escuchado hablar de tales bichos.

—¿No sabes lo que son los peces? ¡Lo que te pierdes! Son unos animalitos diminutos y muy simpáticos que se te meten por los lados y te hacen cosquillas. Los hay de todos los colores: pardos, plata, carmín y esmeralda. Yo tenía un puñado de ellos, pero creo que los he perdido…

—¿Y dónde se los puede encontrar a los peces? —preguntó Coriandrus con ansiedad.

—Hay que bajar un poco —respondió el joven río. —Aquí arriba hace mucho frío para ellos y eso no les gusta.

El pequeño batió palmas de contento, salpicando con estrépito los tomillos sedientos que estiraban las ramitas para beber de su cauce. Era curioso por naturaleza y aquello de los peces y las cosquillas le había encantado.

—Pero ten cuidado, —agregó el río joven en tono de advertencia. —No te vayas a alejar demasiado porque podría ser peligroso.

Coriandrus, sin embargo, apenas había alcanzado a despedirse con un goteo apresurado, que ya se encontraba saltando hacia abajo entre los cerros nevados. Hacía un día espléndido, con un sol alto y mortecino brillando en el mediodía helado de los Andes. A medida que Coriandrus descendía a borbotones, el tímido calor de aquel sol invernal hacía derretir la nieve a su alrededor, volviéndolo más grande y más fuerte, más potente. El pequeño río se daba cuenta de esto, pero calibraba mal su energía, dando saltos y rápidos de un lado a otro, sin ton ni son. Dos o tres rocas señoronas tuvieron que dejarle el paso, escandalizadas por la juvenil intemperancia de su carrera cada vez más caudalosa.

De tumbo en tumbo, arremolinándose unas veces y aquietándose otras en los remansos de cada encrucijada, llegó hasta un valle que se abría, majestuoso e infinito, bajo la sombra silenciosa de las montañas. Coriandrus se detuvo un segundo, extasiado –enlagunado, diríamos nosotros–, para contemplar aquella escena. Entonces vio, en el bajo, que tres hermosos hilos de plata serpenteaban entre los molles y el acarreo pedregoso de los collados, haciendo de las suyas. El pequeño río se lanzó detrás de ellos, sus compatriotas, decidido a preguntarles por el paradero de los peces. Pero no los había alcanzado todavía cuando, tras un recodo que lo dejó a escasos metros del primero, un par de truchas inquietas le saltaron encima desde el cauce amigo. Coriandrus se estremeció, revolviéndose sorprendido, mas al cabo estalló en carcajadas cuando los dos animalejos se le metieron por los lados y le empezaron a hacer cosquillas. Eso fue tan solo el principio: unos minutos después ya tenía todo un cardumen en las entrañas, pues varias decenas de peces habían saltado desde los otros ríos y ahora corrían carreras entre sus regueros y sus caños.

Loco de contento, se lanzó cuesta abajo como un torrente, sorteando cortaderas, abismos y peñascos. Parecía competir con sus acuáticos inquilinos por alcanzar antes que ellos –cosa necesaria– las pardas llanuras que ya se advertían en lontananza. Pero a medida que descendía, legua por legua, crecía en fuerza y en caudal. Coriandrus se sentía satisfecho de sí mismo, irrefrenable, invencible, embriagado por la tremenda carrera que, de a poco, lo iba alejando inevitablemente de las montañas. Ya no lo invadía solamente el sentimiento de curiosidad o las ansias de aventuras: el orgullo se iba apoderando de su alma y su memoria había olvidado el grave consejo del río amigo. “Si me viera ahora, ¿qué pensaría de mí ese gran río con el que me encontré allá arriba?”, pensaba para sus adentros Coriandrus, complacido en su nuevo impulso y robustez. Ya nadie podría llamarlo “arroyo”.


Durante varios días anduvo Coriandrus a la carrera, atravesando valles, bajíos y cadenas montañosas. Se cruzó con otros ríos, peleó con ellos, ganó sus aguas. Erosionó la roca con el pertinaz vigor de sus embates, abrió cañadones admirables y corrió sin descanso sus noches de verano. Inundó mesetas y altozanos, derribando árboles sufridos con el brío violento de sus crecidas pluviales.

Al cabo de un tiempo, empezó a notar con desconcierto los cambios en su entorno: picos que se redondeaban y las antiguas rocas de las montañas que se volvían apacibles colinas. No había ni rastros de nieve. Además, hacía ya varios días que no veía ningún cóndor. Acaso de vez en cuando algunos animalejos terrestres que no conocía o aves pequeñas, que cantaban melodiosamente. Pero lo que más le molestaba era el sol. Todo el mundo sabe que a los ríos no les gusta el calor del fuego: lo temen como que han brotado del hielo. Bajo aquel sol veraniego, que ahora refulgía todopoderoso sobre la faz de las llanuras, Coriandrus comenzaba a sufrir las molestias del calor sofocante, que lo agostaba y le quitaba caudal. Pero también es cierto que aquellas llanuras, a pesar de no tener nieves, recibían de tanto en tanto el fugaz riego de alguna tormenta, cuyas aguas iban a parar invariablemente a su cauce. Era entonces cuando el arrogante río descansaba un poco y retomaba fuerzas para renovar al día siguiente su frenética carrera.

Un día, sin embargo, venía alegremente cantando por un enorme cañadón, metido en medio de unos cerros muy antiguos, cuando de pronto se dio de cabeza contra una piedra gigantesca que le cerraba el camino. Sorprendido y enojado, retrocedió para embestir aquella roca desafiante que osaba impedirle el paso. Pero el intento fue vano: aquella formación parecía tener algo distinto que la hacía infranqueable. Con el orgullo herido, arremetió un centenar de veces contra ella y otras tantas fue derrotado.

—¡¿Qué es esto?! —clamó tormentosamente al cielo. —¿Cómo es posible que no pueda vencer a esta roca?

—No es una roca —dijo repentinamente una voz en sus entrañas.

—¿Quién me habla? —preguntó Coriandrus, cogido por sorpresa.

—Aquí estoy, en tu costado. —El joven río sintió unas cosquillas y recordó de improviso la existencia de las truchas, que ya había olvidado. —Me llamo Carpio —añadió el pez, moviéndose de un lado a otro, satisfecho de haber atraído la atención del gran río.

—¿Por qué dices que no es una roca lo que tengo delante? ¿Tú sabes lo que es?

—No sé lo que es —contestó la trucha. —Pero sí sé lo que no es y eso no es una roca. ¿Cuándo has visto una roca que sea tan recta… tan lisa?

Coriandrus suspiró, decepcionado de la explicación de su pequeño compañero.

—¡Qué sabrán las truchas sobre rocas! —exclamó con orgullo.

—¡Pero mira con atención y verás que lo que digo es cierto! —respondió Carpio con desesperación.

Un poco a regañadientes, un poco tocado en su curiosidad, Coriandrus se acercó esta vez con lentitud hacia la barrera de granito. En efecto, comprobó que, de una punta a la otra de aquel cañadón de montaña, la misteriosa roca cortaba la cuenca en seco, oponiendo a su empuje una muralla rectilínea y plana como jamás había visto. Era espantosa. Cegado como estaba por la humillación y el orgullo, no se había percatado de que la pared era demasiado fea para ser una montaña. Su color era monótono, aburrido, casi tanto como la exasperante planura de su silueta. Carecía completamente de los contraluces elementales que incluso la más vulgar de las colinas ostenta con coqueta vanidad. Definitivamente, aquello no era una roca. ¿Y entonces?

En ese momento, se sintió un pequeño chapuzón cercano a la pared: un pedazo de plomo había caído al agua. Carpio, aterrado, salió disparado en la dirección contraria.

—¿Qué te sucede? —le preguntó Coriandrus.

—¡Tengo miedo, señor río!

—¿A qué le tienes miedo? ¿A esa piedra que acaba de caer?

—No era una piedra —respondió Carpio, ocultándose tras la azulada túnica de Coriandrus. —Son pescadores. Nunca había visto uno, pero he escuchado cuentos sobre ellos. Tiran esas piedras y si uno se acerca, a saber cómo, pero es seguro que te atrapan.

—¿Qué son los “pescadores”? —preguntó el ser acuático con verdadera intriga.

—Son humanos. Esos seres que andan en dos patas e inventan cosas. ¡Mira, están allá arriba! Justo encima de la roca.

Coriandrus elevó la vista por encima de la pared y, efectivamente, divisó dos pequeñas figuras que, apoyadas serenamente en la cima, sostenían sendos palos finos de los cuales pendían los hilos que iban a sumergirse en sus aguas. De súbito, al verlos ahí, tan tranquilos, una idea le vino a la mente:

—¿Ellos son los que han inventado esa pared que me corta el paso?

—No lo sé —respondió la trucha, encogiendo los hombros (…o las escamas). —Pero se cuentan tantas cosas que bien podría ser… Dicen que, no teniendo alas ni aletas, son capaces de crear cosas que les permiten volar mejor que las aves y nadar más rápido que nosotros, los peces. Pero no lo sé… —añadió dubitativo. —A veces la gente exagera.

Coriandrus no había escuchado ni la mitad del comentario de su nuevo amigo. Se le había metido la fija de que los hombres eran los responsables de aquella maldita pared y la furia contra ellos le iba creciendo en las negras aguas de sus entrañas. Cual si fuera la batiente inicial de un maremoto, apenas un lento zumbido al principio para convertirse luego en una tempestad de sonidos, fluctuaciones y temblores, así también Coriandrus comenzó a embravecer su superficie, aquietada hasta entonces por el encierro repentino. Los pescadores, sorprendidos, recogieron con presteza los hilos de sus cañas, boquiabiertos ante la inesperada mutación de las aguas. Por su parte, el río comenzó a descargar su ira contra los cimientos del dique, golpeando y revolviéndose una y otra vez, hasta que las olas alcanzaron su cima. Para entonces, los dos pescadores ya se habían esfumado, aterrados por la furia de aquella naturaleza incomprensible.

Coriandrus quedó satisfecho de sí mismo, como quien se toma una pequeña revancha contra su enemigo. Sin embargo, pasaban los días, las semanas, y no encontraba manera de salir de aquella cárcel en la que se había metido. De vez en cuando los humanos tornaban a pasearse por la cima de la roca misteriosa, imperturbables desde la seguridad de su parapeto, y el río arremetía nuevamente contra ellos. Pero el sabor amargo de la impotencia ya comenzaba a calar su garganta, otrora caudalosa y ahora encharcada. Daba vueltas sobre sí mismo, arremolinándose, como los peces que habitan en peceras redondas. Carpio, la trucha, lo observaba con lástima, añorando los buenos tiempos de cascadas y correrías infinitas entre los cerros.

Coriandrus ya se estaba volviendo loco cuando, un día, ocurrió algo inesperado: de repente y sin aviso, se abrió una puerta a uno de los costados de la enorme pared. Era un boquete enorme, de forma circular y oscuro como la boca de un lobo. Se encontraba, digamos… debajo de la “línea de flotación”, por lo que ejercía una atracción impresionante para el río estancado: todas sus aguas parecían querer escaparse por aquel agujero negro. Coriandrus, no obstante, tenía un mal presentimiento y no acababa de convencerse de que fuera la única salida posible. Dubitativo como estaba, mientras reprimía la fuga a duras penas, lo cogió por sorpresa la voz de Carpio:

—¿Qué es ese agujero?

—No lo sé —respondió el río. —Pero parece una salida.

—No se ve demasiado acogedor —acotó la trucha con un estremecimiento.

—¿Y qué propones? ¡¿No pretenderás que nos quedemos aquí toda la vida?! Esa muralla es inexpugnable.

—Tienes razón. Algo hay que hacer para salir de esta mazmorra. ¿Nos vamos por ahí, entonces?

—Pues sí —retrucó Coriandrus, ya decidido. —Por el rey de los cóndores, juro que no me quedaré aquí de brazos cruzados hasta morir evaporado.

Y reuniendo todas sus energías, todo su vigor adormecido, cerró los ojos y se lanzó de lleno dentro del agujero negro.


Al principio, no supo bien qué ocurría. El agujero se había convertido en un tubo que, si bien era de gran tamaño, no alcanzaba a contener el río en su anchura natural, por lo que Coriandrus tuvo que contraerse de tal modo que todo comenzó a volverse demasiado incómodo. Además, faltaba el aire. No había una pizca siquiera en aquel cascarón de serpiente, viejo y oxidado, que le iba tiñendo de a poco sus ropajes azulados de un marrón corrompido y asqueroso. La velocidad con que se deslizaba era frenética, antinatural, dando tumbos a diestra y siniestra, sin alcanzar nunca a terminar de componerse para volver inmediatamente a girar sobre sí mismo.

Pero lo peor, sin dudas, era la oscuridad absoluta. No había forma de distinguir nada: era como si a uno lo subieran a una montaña rusa a ojos vendados. Con el paso de los días, la falta de luz le fue afinando los demás sentidos. El olfato se le volvió más agudo y llegó a ser capaz de distinguir cambios minúsculos en la acuciante fetidez general. En cuanto al tacto, todos saben que los ríos lo tienen mucho más sensible que los humanos. Sin embargo, también el tacto se le hizo más preciso a Coriandrus en estas circunstancias. Podía sentir las más diminutas deformaciones en la superficie metálica de aquel agujero, que arrastraba arena, piedras y otros objetos pegajosos e inmundos en el vientre cóncavo de su fondo.

Por las noches… ¡qué digo “por las noches” si todo aquello fue una larga noche de varios días! Durante la larga oscuridad de aquella frenética carrera Coriandrus comenzó a oír como no lo había hecho nunca. Los sutiles sonidos que percibía le advertían de la presencia de innumerables seres que se deslizaban perezosamente bajo el amparo de la oscuridad. Todo ello producía una inmensa incertidumbre en el joven río, que jamás había vivido enclaustrado de esa manera, a ciegas y apartado irremediablemente de los limpios cielos andinos.

A medida que pasaba el tiempo y el oscuro túnel parecía no tener fin, la incertidumbre empezó a transformarse en verdadero miedo. Coriandrus comenzó a temer realmente verse condenado para siempre a esa vida penosa y miserable. “¡¿Por qué habré bajado de las montañas?!”, se lamentaba pensando para sus adentros. Para colmo de males, buscaba la conversación de la pequeña trucha, Carpio, pero no lo encontraba por ningún lado. Se sentía tremendamente solo sin la compañía de los cerros y las rocas, de los cóndores, los valles, los vientos y los peces.

Ya estaba entregándose a manos de la tristeza más absoluta cuando, de pronto, le pareció ver un punto blanco en medio de la negrura circundante. Perfectamente podía tratarse de una ilusión, pero hacía tanto tiempo que no veía nada que descartó la idea inmediatamente. Además, el punto se iba haciendo cada vez más grande con enorme rapidez. Lo que había empezado pareciendo un destello era ahora… sí, con toda claridad, ¡era una salida, el final del tubo despreciable!

A galope tendido, Coriandrus se lanzó en busca de la claridad de aquella boca, como si pretendiera zamparse toda la luz de un solo bocado. Y cuando por fin alcanzó la salida del túnel, explotó, exultante de alegría, en una ligera lluvia de gotas infinitas que saltaban y danzaban unas sobre otras como una cascada. El río no cabía en sí de contento y se arremolinaba travieso acariciando las rocas, ¡tan extrañadas!, contemplando el cielo y rugiendo caudaloso para saludar al canto de los pájaros.

Los peces, liberados del miedo que les había producido el caño, nadaban inquietos y eufóricos, como si hubiesen vuelto a la vida. Coriandrus podía sentirlos otra vez. Se acordó entonces de Carpio, su amigo, y una punzada de nostalgia enturbió su gozo un instante. “¡Lástima haberlo perdido!”, pensó para sí.

—¡Nada de eso, amigo! —dijo entonces una voz que venía de su brazo izquierdo -es sabido que los peces son capaces de captar el pensamiento de los ríos con una facilidad sorprendente-. —No te librarás tan fácil de mí.

—¡Carpio! —exclamó Coriandrus. —¿Dónde te habías metido, tunante?

—Anduve por aquí todo el tiempo. Qué bueno volver a ver algo, ¿no?

—¿Bueno? ¡Es lo mejor que me ha pasado en mucho tiempo, amigo! ¡Vamos a disfrutarlo!

Como si fuera una orden de los cielos, Carpio se lanzó cauce abajo con toda la velocidad de su juventud renovada, corriendo carreras al río en medio de las curvas y contracurvas de aquel altozano irregular.

Pasado el primer entusiasmo, Coriandrus comenzó a ralentizar su galopada, hasta convertirse paulatinamente en un río manso y profundo. Fue entonces cuando se dio cuenta: ahí estaba otra vez, la misma pared recta y uniforme de antes. Pero ahora no estaba de frente sino en la margen derecha. ¡Y en la izquierda había otra! Con sus semblantes sombríos, ambos muros lo miraban desde sendos laterales, como si estuvieran vigilando cada uno de sus pasos. ¿Qué hacían allí? ¿Acaso pretendían encauzarlo y conducirlo hacia un lugar determinado? Por un momento Coriandrus recordó el muro infranqueable y el largo tubo oscuro por el que había nadado tantos días. Un escalofrío le erizó de espuma y salpicaduras el espinazo, allí donde su caudal era más profundo.

De pronto, una de las paredes se abrió en una boca repentina, que vino a cortar por sorpresa la infame uniformidad de la pared derecha. Y por allí se fueron, sin que Coriandrus pudiera hacer nada, buena parte de sus aguas, vete a saber dónde. Impotente, el río quiso encabritarse, rebelarse contra esa voluntad misteriosa y lejana que así lo estaba descuartizando. Pero la serenidad de la llanura sumada al persistente trabajo de aquellas paredes que lo flanqueaban conspiró en su contra y acabó echando por tierra toda su resistencia.

Desesperanzado, Coriandrus miró al cielo para implorar ayuda. Entonces vio, allá lejos, danzando en las alturas inalcanzables de las nubes, un punto negro que reconoció al instante: era un águila mora. Parecía planear hacia abajo, muy despacio, inspeccionando con su vista penetrante cada rincón de la vasta llanura. Al cabo de un buen rato, vino a posarse tranquilamente sobre la rama más alta de un sauce seco que había decidido morir a la orilla del cauce. A pesar de la negra capucha y el semblante serio, casi enojado, el águila parecía mucho menos temible con las alas recogidas y aquella actitud parsimoniosa.

—Buenos días, señora águila —dijo Coriandrus amablemente.

Un poco sorprendida por aquel derroche de cortesía -al parecer, las aves y los ríos no suelen conversar demasiado- el águila respondió al saludo:

—Buenos días, señor río —y recordando algo de improviso, añadió, —¿tiene algo que ofrecerme hoy?

De inmediato, la trucha Carpio, que había estado escuchando la conversación desde la superficie, se zambulló rápidamente hasta ocultarse en las recónditas profundidades del cauce central.

Coriandrus se rio alegremente.

—No, señora águila. Estos peces vienen conmigo desde las montañas y la verdad es que no quisiera perderlos —contestó, divertido, mientras hacía un guiño a su amigo.

—Lástima —respondió el águila. —Podría haber sido un buen desayuno. ¿Así que viene usted de las montañas?

—De allá vengo —respondió Coriandrus, algo picado por la pregunta. —¿No se nota, acaso, que soy un río de montaña?

El águila mora lo miró largamente, con indiferencia, y respondió dibujando una sonrisa displicente en su pico de oro:

—Pues así como va, a fe mía que no lo parece.

Coriandrus cayó entonces en la cuenta del cuadro que componía: su andar lerdo de llanura, melancólico y somnoliento, a lo que se agregaban aquellos arreos de piedra que lo conducían irremisiblemente hacia un destino desconocido pero inevitable. Además, de tanto en tanto nuevas bocas se abrían a diestra y siniestra, succionando, gota por gota, su vida y sus fuerzas. El caudal, otrora indomable y fornido, se consumía ahora en aquella agonía sin fin que lo debilitaba continuamente. Resentido, Coriandrus se escudó en un silencio cargado de impotencia y no contestó nada a la insinuación agraviante del águila. En definitiva, sabía que ella tenía razón.

Apesadumbrado como estaba, no fue capaz de notar los cambios que se operaban en el paisaje circundante. Aquí y allá, la llanura se iba salpicando de árboles, jóvenes o añosos, que bendecían con gratitud la presencia del río en medio de la angustiante sequedad del suelo salitroso. Lentamente, los grises y pardos del monte pedregoso cedían paso a los manchones verduzcos con que la hierba y los frutales iban tiñendo los campos. El cielo recortaba su monotonía infinita, cada vez con mayor frecuencia, por medio de la estoica silueta de una fila de álamos o de las trenzas largas y desarrapadas de algún sauce llorón.

Al cabo de algunos días, las orillas del río comenzaron a poblarse de vida y ruidos extraños. Tanto en un lado como en otro empezaron a verse construcciones, pequeñas casitas de adobe pobladas de risas infantiles y tarareos campesinos. Los animales se acercaban mansamente a Coriandrus, buscando calmar la sed en el refrescante sabor de sus aguas. Caballos, vacas, gallinas, animales del llano cultivado que el río no había visto jamás con sus ojos. Todos captaban su curiosidad inagotable de montañés sorprendido, como el arriero que baja finalmente al poblado y contempla aturdido aquel mundo ignoto. Plantas, árboles, animales… incluso los hombres parecían darle las gracias por traerles el agua de la vida. Eso era lo único que alegraba y distraía un poco a Coriandrus, haciéndole olvidar por algunos momentos la infinidad de acequias que cada vez más asiduamente lo iban languideciendo.

Se asustó un poco cuando vio el primer puente. El pintoresco armazón de madera parecía un cinturón inmenso que intentara cincharlo. Del susto pasó al enojo, pero aunque lo intentó varias veces, no pudo tumbar aquella estructura de palo. Tan pocas fuerzas tenía ya…

Resignado, continuó su camino doloroso. De pronto, en un recodo anguloso de las paredes, escuchó una voz que le pedía ayuda:

—¡Socorro, Coriandrus! ¡Me llevan!

Era Carpio, la trucha, que se había metido en una de las compuertas laterales y ahora intentaba nadar contracorriente para retornar al gran cauce. Coriandrus, desesperado, se revolvió sobre sí, arremolinándose, con la esperanza de atraer las aguas perdidas hacia sí. Carpio estaba apenas a unos pies de distancia, pero la compuerta no era un obstáculo fácil de sortear. Estuvieron así durante un rato, peleando contra la fuerza invencible de la pendiente. Al cabo, la trucha, muerta de cansancio, exclamó:

—¡Me voy, Coriandrus! Has sido un gran amigo. Dios dirá adónde me llevan tus aguas. ¡En una de esas volvemos a encontrarnos! ¡No me olvides!

Y tras estas palabras, se dejó llevar tranquilamente por la corriente mansa del reguero, rumbo a las fincas, las viñas y a su insondable destino. Coriandrus pataleó, brincó, salpicó y escupió por la boca mientras le gritaba a su amigo que no lo abandonara, pero fue todo en vano. Cuando ya no fue capaz de verlo, hundido en la tristeza se entregó a la pendiente y continuó su rumbo, que lo alejaba para siempre del único amigo que había tenido. Pensó que moría y se durmió.


Al despertar, las casas se habían multiplicado a centenares. Había puentes grandes y pequeños detrás de cada curva, caminos, torres, corrales, jardines. Las acequias, las norias, los caños se disputaban mutuamente las aguas, como si compitieran por herir y tajear al río moribundo.

—¡Tengo miedo! —se oyó una voz en las cercanías.

Coriandrus levantó la vista y vio un grupo de niños que jugaban en su cauce.

—¡No me vengas con esas, Juan! Te dije que no vinieras, pero eres porfiado, así que ahora tienes que largarte.

En la margen derecha había uno de los niños que hacía ademán de largarse al agua, pero no acababa de decidirse. Los otros lo alentaban desde abajo, sumergidos hasta el cuello. Se notaba que el de arriba era bastante más pequeño que los demás. Tenía el cabello rubio y enrulado.

—¡Es que me da miedo, che! El agua va muy rápido.

Los de abajo perdían la paciencia. Salvo uno, que parecía ser el hermano del pequeño temeroso, los demás se zambulleron cuesta abajo, nadando a toda velocidad.

—¡Dale! ¡Lárgate, hombre! Yo te agarro desde acá —gritó el hermano mayor, con un tono más paternalista ahora que no estaban los otros.

Animado por esto, el pequeño cerró los ojos y juntando todas sus fuerzas se lanzó al agua dando un chapuzón. Coriandrus, divertido, sintió cómo le hacían cosquillas y por unos instantes le pareció que volvían otros tiempos, más felices, allá en las montañas. Los piecitos y manitas de los niños, con sus pataleos y brazadas, le devolvieron la alegría y se puso a juguetear con ellos. El pequeño de los bucles dorados había quedado un poco relegado por los otros y se debatía contra las aguas para no hundirse. Olvidando que no era un pez, Coriandrus lo empujó, jugueteando, y el niño dio una voltereta, tragando cuanta agua le cupo en el buche. Al sacar la cabeza sobre la superficie, empezó a toser espasmódicamente. Entonces el río se sobresaltó, viendo al niño tan quebrantado, y serenó su oleaje.

—¡Perdón! —dijo Coriandrus, sin quererlo.

El niño lo escuchó y se volvió, contrariado, buscando un rostro conocido. Miraba a uno y otro lado, pero nada. Al verse solo decidió que había escuchado mal y volvió a lo suyo, a nadar en pos de su hermano.

—Está fuerte… este… este… canal —dijo pensando en voz alta, entre jadeo y jadeo.

—¿Cómo “canal”? —exclamó Coriandrus enfadado. —Yo no soy ningún canal, jovencito. Yo soy un río de montaña.

Esta vez el niño no cabía en sí de la sorpresa. Había escuchado perfectamente y el final de la frase no dejaba dudas: el canal le estaba hablando. Canal… o río. Sintiéndose atrapado, balbució dirigiéndose a las aguas:

—Pe… pe… perdón, señor río.

—No te preocupes —respondió Coriandrus, suavizando el tono al ver el susto del muchacho.

—Lo… lo que pasa es que mi papá dice que… que cuando el río va entre paredes se llama canal —agregó el niño intentando excusarse.

Lejos de eso, la aclaración irritó todavía más a Coriandrus, que se sentía humillado por aquel mote.

—Pues dile a tu padre que a veces… las apariencias engañan —respondió, no sabiendo muy bien cómo refutar la lógica de su interlocutor.

El niño memorizó un segundo la respuesta y guardó silencio, sobrecogido. Finalmente, replicó:

—No sabía que los ríos pudieran hablar. ¿Cómo es tu nombre?

—Coriandrus. ¿Y el tuyo?

—Yo soy Juan… y el que está allá es mi hermano Pedro, que es mucho más fuerte que yo.

—¿Y te gustan los ríos, Juan? —preguntó Coriandrus, divertido con la conversación.

—Sí, señor Coriandrus. Sobre todo en verano, cuando hace tanto calor. Hoy me he tirado por primera vez. Antes siempre tenía que bajarme Pedro.

—¡Ah! ¡Eres todo un valiente! —exclamó el río.

—Sí, señor río. Y cuando sea grande me haré soldado —replicó el muchacho, ruborizándose de orgullo.

—¡Oh! Qué bien, muchachito —contestó Coriandrus, que no sabía muy bien lo que era ser un “soldado”. Y agregó, tristemente: —Qué suerte tienes tú, con toda la vida por delante.

—¿Por qué lo dices así, señor Coriandrus? Si yo fuera fuerte y grande como tú, me haría soldado ahora mismo.

—No te creas que soy tan fuerte, amigo. ¿Ves esas paredes que has mencionado antes? No puedo deshacerme de ellas y me han traído aquí, donde no quiero. A cada rato pierdo mis aguas en las acequias y regueros de ustedes. Pronto no tendré más agua en mi cauce y para entonces habré muerto.

El niño se quedó un momento en silencio ante aquel pronóstico sombrío. En su cabecita sencilla podía entender el dolor de Coriandrus con la misma naturalidad con la que había aceptado tan rápido que podía hablarle. Intentó consolarlo como supo:

—Mi abuela dice no hay que estar triste. Que si uno es bueno y se esfuerza por hacerle el bien a los demás, después el Tata Dios se lo compensa y le da un premio en el cielo. Yo por eso quiero ser soldado.

Coriandrus acogió aquella respuesta fingiendo autosuficiencia o desdén, como cuando reconocemos la limpieza contundente de la verdad en boca de otro, pero nos negamos a aceptarla por vanidad. Juan, el niño, se fue, con el candor inimputable de quien no sabe lo que dijo. Se fue, aguas abajo, a encontrarse con su hermano, como si hablar con los ríos fuera la cosa más natural del mundo. El río continuó su camino, siempre descendiendo.

Una idea se le había metido en el alma: si ese niño tenía razón, quizás hubiese una forma de volver a las montañas. Parecía imposible, pues para eso habría que remontar cuesta arriba leguas y leguas de camino. Y a los ríos no se les da bien caminar cuesta arriba. Pero para el Buen Dios no hay cosa imposible, así es que, si existía una solución, solo podía proveerla Él. ¡Ah, las montañas! ¡Qué bellas y constantes se le hacían a Coriandrus en el recuerdo nostálgico y teñido de esperanza! ¡Qué bueno sería volver a verlas! ¡Surcar sus encrucijadas, saltar de sus balcones de piedra, castigar como un torrente aquellas espaldas de granito! Y los cóndores… extrañaba a los cóndores.

El recuerdo se le hizo tan acuciante que empezó a elucubrar su remedio, como el loco que construye castillos en el aire. Pensó que, en definitiva, no arriesgaba demasiado haciéndole caso al niño. Pues tampoco tenía nada mejor que hacer. Y además, -cosa que le costó bastante reconocer- bien pudiera ser que el niño tuviese razón. Quizás, se decía con creciente esperanza, quizás… si él fuera bueno y se diera más generosamente a aquellas gentes y sus animales, si regara con mejor disposición su viñedos y frutales, si dejara de resistirse a refrescarlos y darles vida… quizás, sólo quizás, el Buen Dios lo premiaría llevándolo a las montañas otra vez, transportándolo mágicamente, no importa el cómo, a sus picos y rocas tan preciados.

Una creciente alegría invadió a Coriandrus con aquellos pensamientos y ese día decidió ser bueno con los hombres. Desde entonces, se entregó generosamente a humedecer su tierra, poniendo intención en fertilizarla con los mejores minerales que había traído instintivamente de los cerros. Comenzó a administrar sus aguas con mansedumbre, llenando acequias, pozos, acueductos, tanques y cacharros. Dejó de resistirse a que los hombres, las ovejas, los caballos y todos los animales de las fincas abrevaran en su riada, obteniendo de él la vida indispensable para sobrevivir al desierto.

Por las mañanas, se preocupaba por traer a las orillas sus aguas más tibias, a fin de que las manitos de los niños no se helaran de frío al lavarse en el río. Y por las tardes, cuando el sol comienza a declinar fatigando con sus rayos la superficie del mundo, hacía esfuerzos para acercar sus aguas más frescas, esas que aclaran la garganta y limpian el pensamiento.

Navegó dócilmente a través de canales, por en medio de ciudades y poblados, vertiéndose sin reparos en las zanjas sufridas de los labriegos y contemplando en sus rostros el agradecimiento infinito en el cual tenía depositadas sus esperanzas. Pasó por debajo de los puentes, flanqueó los caminos, cubrió los cuadros de pastura. Movilizó los molinos que hacen el pan, regó la tierra que sufre del sol y penetró en las uvas redondas que se convierten en vino. Escuchó cantar a los hombres de la vendimia y reír a sus hijos… eso, de a poco, le fue ablandando el corazón y empezó a agarrarles un poco de cariño.

Conoció sus ciudades, extensos oasis de vida emplazados en el centro geográfico de todos los desiertos. Admiró la capacidad de los hombres para hacerse un lugar en el mundo, a pesar de las adversidades. Se dolió con sus dolores, se entristeció con sus tristezas y se alegró con ellos por la templanza prolífica del estío.

Cuando las hojas de los álamos, bruñidas de otoño, empezaron a caerse, cubriendo la tierra con su manto de oro, Coriandrus alcanzó la frontera de las ciudades de los hombres y supo que el camino estaba llegando a su fin.


Y entonces se abrió ante él la acuciante realidad de la última etapa de su viaje: el desierto infinito.

De alguna extraña manera, siempre había sabido que después de las ciudades venía el desierto. Pero no el desierto épico de las montañas, con sus picos y sus quebradas, con sus saltos y abismos. Este era un desierto mediocre en su llaneza interminable, carente de belleza y heroísmo, uniforme y aburrido, como las paredes de los hombres, vasto. Abundante en su escasez absoluta. Generoso en su avaricia de vida. Indefinido, incalculable. Ilimitado.

Con el estoicismo aprendido en los últimos meses, Coriandrus se internó alegremente en el desierto, dispuesto a superar aquella última etapa aguardando el merecido premio celestial que debía conducirlo de vuelta a casa. Ya no era el mismo arroyuelo que brincara en otro tiempo por las montañas andinas. Tampoco era aquel río joven y poderoso que bajara de los cerros como un torrente, irresistible. El contacto con los hombres lo había transformado, lo había hecho otro. Pero ni siquiera era el mismo río que había entrado en sus ciudades, manso y caudaloso. Después de un breve pero intenso peregrinaje por las fincas y viñedos de los hombres, su caudal había menguado notablemente, convirtiéndolo en un río viejo y cansado. Las barbas encanecidas de espuma le afloraban por la superficie, que ya no tenía el color limpio y transparente de su juventud, sino que acarreaba todos los tonos de su traqueteada existencia. El cauce raquítico parecía necesitar un bastón para seguir andando.

Al principio las cosas fueron bien. Coriandrus traía el empuje de la meseta y eso lo ayudó a mantener el rumbo. Pero a medida que se introducía en la llanura, iba perdiendo gradualmente las pocas fuerzas que le quedaban. De a poco, el cauce recto y decidido se le fue haciendo meandro, con sus típicas vueltas y revueltas, como si hubiese extraviado el camino.

El invierno había comenzado ya y sin embargo el sol continuaba siendo tan pesado y fatigoso como siempre. Incluso más ahora que se combinaba con el frío helado de las noches, que lo entumecía y lo escarchaba en las orillas. Así, entre hielos mañaneros y vapores de siesta, Coriandrus se debilitaba lenta pero persistentemente.

Llegó a extrañar las horribles paredes de los hombres, que cercaban su cauce, pero impedían las filtraciones. Ahora el viejo río podía sentir cómo se le iban las aguas de a chorros a través de las piedras calientes de la ribera. No es que le hubiese importado demasiado humedecer la tierra a su paso. Es el oficio de todo río que se precie. Pero aquello no era humedecer la tierra para abonarla, permitiendo el crecimiento de la hierba. Aquello era un desperdicio, era regar las piedras, que no necesitan del agua para vivir. La tierra por la que andaba no era tierra, sino sal, y más parecía un cementerio que una superficie virgen y fecunda.

Ni siquiera las piedras eran las mismas que las de las montañas. Aquellas eran verdaderas rocas, imponentes y afiladas, coloridas, desafiantes. Estas, en cambio, eran tristemente pequeñas y redondas, de colores apagados y perfiles melancólicos.

Y de pronto lo comprendió: el Buen Dios premia a las almas que se dan por entero, no a las que regatean sus dones. En efecto, él sabía que, a pesar de todas sus buenas obras, a pesar de su amor genuino por los hombres, a pesar de haberles llevado vida a través de los campos, a pesar de todo… en el fondo había sido egoísta. Siempre lo había sabido, pero no había entendido las consecuencias nefastas de ese egoísmo hasta este momento, al recordar las montañas. La esperanza de volver a ellas lo había traicionado, pues siempre había procurado, inconscientemente incluso, dejarse un poco de agua para el viaje de regreso. Al fin y al cabo, ¿cómo podría disfrutar de sus montañas si no tenía aguas con las que seguir siendo río? ¿Qué clase de premio podría darle Dios si en el transcurso de su existencia se consumía entero y dejaba de ser lo que era?

Sin embargo, irritado a veces y otras tantas ofendido, en el fondo sabía perfectamente, con esa claridad de conciencia que a veces nos destella en el alma, que había sido egoísta. No se había entregado por entero. “Quien busque su vida, la perderá”, había escuchado una vez entre los hombres, como una sentencia. ¿Y si Dios en su justicia había previsto que muriera en el desierto, en castigo por su falta de amor?

La idea empezó a volverlo loco, pero a medida que avanzaba cobraba cada vez mayor arraigo en su mente. Su andar de río viejo se hacía cada vez más lento y apesadumbrado. El meandro se volvía cada vez más pronunciado, como el caminar tambaleante de un moribundo en el desierto. El sol lo agostaba y empezaba a transformarlo en un débil arroyo. Las aguas se le iban por entre las piedras, infecundas y derrochadas.

El desánimo hizo presa de su espíritu y una tristeza infinita embotó el vigor de su flujo. ¿Había perdido la fe? Quizás… o quizás no. Simplemente había perdido la esperanza de volver a ver las montañas. Todo había sido una idea suya, estéril, fundada sobre una mentira.

Entregado a la melancolía, una noche, fría y polvorienta como son las noches del invierno, se dejó llevar por la inercia. Había desistido de vivir.

Fue una noche larga e intranquila, poblada de pesadillas y fantasmas. Pero finalmente amaneció y Coriandrus, abriendo los ojos una vez más, se encontró de pronto con el Todo. Estaba coronado por un sol matinal esplendente, un sol que no se parecía en nada a aquel que lo había perseguido por el desierto. Era un sol distinto, joven y a la vez muy antiguo, que parecía gobernar con mano generosa sobre el mundo. Pero lo que más llamó la atención de Coriandrus, haciéndolo quedar boquiabierto -si es que un río puede quedar boquiabierto- fue lo que se extendía por debajo del sol: el mar.

Coriandrus nunca había visto el mar ni hubiese podido imaginarlo. Era como si todo lo bueno que había conocido en su existencia se hubiese dado cita allí, delante de su vista, para recibirlo. El agua infinita, refrescante, se le presentaba ante los ojos como el paraíso manso de los ríos, como el destino natural y perfecto de todos sus esfuerzos.

Y entonces lo comprendió todo. Y bendijo al Buen Dios en las alturas y cerró los ojos. Y descansó en la tierra de la costa, dejándose abrir en la forma de un delta ancho y pacífico, hasta verterse despacio en el ancho mar, fundiéndose con él.

Y se sorprendió al comprobar que allí estaban todos: estaba Carpio, la trucha, que había llegado hacía poco, a lomos de otro río, más al sur. Estaba también el río joven de las montañas, aquel con quien tuviera la conversación, hacía tanto tiempo, que lo había llevado a remontar la llanura. Allí estaban todos los arroyuelos de su infancia, los peces amigos de todas sus aventuras. Y hasta las mismas montañas, descansando majestuosamente en el recóndito fondo de los mares.

Así fue cómo Coriandrus, cuando menos lo esperaba, encontró la felicidad que puede desear y pretender un río. Se hizo uno con el mar y fue colmado con creces. Esta es su historia, como la de todos los ríos de mi tierra.

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